
Enamorarse es como florecer. Das todo lo mejor de ti, sacas a la luz los pétalos más profundos y hermosos de tu alma.
Es entonces cuando las mariposas vienen a ti atraídas por el perfume de tu esencia mística, en busca de ese elixir misterioso que da razón a su existencia. Estos seres alados se encargan de propagar tu dicha y alegría, de manera que todos los espíritus despiertos se contagian en una reacción en cadena.
El fruto del enamoramiento puede madurar o puede perderse por distintas razones ( el temporal, los productos químicos, la falta de cuidados...).
Los que logran sobrevivir, pueden ser devorados por una sociedad bulímica y escéptica; o pueden caer al suelo.
Las condiciones del terreno es otra dura prueba en la carrera de obstáculos frutícola. Si el entorno es pobre y desolado, lo más probable es que se consuma lenta y dolorosamente, o que las rapiñas aprovechen la situación (siendo devorado, igualmente).
Pero si cae en un suelo rico y abonado germinará e irá creciendo hasta echar raíces.
Las raíces de un buen amor son muy profundas y es difícil arrancarlas, son inamovibles. Pero, en este punto, se plantea un problema nuevo y desconocido, a saber, ¿qué hacer si quieres echar a andar?, ¿ qué hacer si descubres que tienes alma de pájaro?.....

